Semana 429_1 Futuros Itinerantes
futuros itinerantes
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futuros itinerantes 〰️
con obra de Manuel Alejandro Rodríguez-Delgado
curaduría por Jordan Karney Chaim
del 17 de agosto al 29 de diciembre, 2024
El artista puertorriqueño Manuel Alejandro Rodríguez-Delgado (n. 1982) utiliza aparatos electrónicos reutilizados y materiales desechados para crear sistemas de supervivencia autónomos que aborden los desafíos de un planeta que se enfrenta a un futuro incierto. A través de su proceso de invención especulativa, Rodríguez-Delgado concilia la promesa científica de su juventud con las urgentes crisis climática y energética del presente.
El trabajo de Rodríguez-Delgado , que se inspira en los futuros visualizados por Star Trek: The Next Generation , el Programa Espacial de los Estados Unidos y la candidatura de Puerto Rico para albergar los Juegos Olímpicos de 2004, es a la vez una elegía a una utopía tecnológica no realizada y una adaptación de esos ideales a los desafíos presentes y futuros. Sus innovaciones con visión de futuro incluyen una nueva fuente, “Orbital Basic”, que reinterpreta las letras en líneas rectas únicamente, lo que facilita la escritura mientras se lleva puesto un voluminoso traje espacial.
Futuros Itinerantes –su primera exposición individual en un museo en los Estados Unidos continentales– Rodríguez-Delgado presentará un nuevo conjunto de trabajos que combina instalación, dibujo, collage y vídeo.
Vista de exposición, Futuros Itinerantes, 2024
«No es una nación lo que habitamos, sino una lengua».
Encontré esta cita en un videojuego. Es de Emil Cioran, un filósofo rumano del que nunca había oído hablar. Ahora he leído la mayoría de sus ensayos, al menos todos los que he podido encontrar en Internet. Y creo que esto me permite afirmar que tengo un conocimiento somero de su mente. La primera vez que lo leí me resultó inmediatamente familiar, como cuando te encuentras con una herramienta que nunca has visto, pero por sus propiedades físicas y su configuración entiendes su aplicación, o como cuando te encuentras en un paisaje que te recuerda a un verano de tu infancia. Fue algo extraño, y me hizo pensar en mi lengua materna, el conjunto compuesto y la base multilingüe que componen la variedad del español que se desarrolló en Puerto Rico. Nuestra lengua se ensambló en tránsito. Las palabras que ocupan los módulos yuxtapuestos de su núcleo castellano son de origen arawak y de África occidental, aumentadas en siglos posteriores por las palabras guanches que quedan en el español de Canarias. Como si de un designio se tratara, los lugares de origen de estas palabras reflejaban el paisaje de la isla. Las selvas de África Occidental reflejaban nuestras propias selvas tropicales del norte, mientras que las llanuras costeras del sur, blanqueadas por el sol, se asemejaban a las tierras bajas semiáridas de las Islas Canarias. Las palabras inglesas eran el componente final de lo que, en mi mente, me gusta visualizar como una estructura vertical: una lengua que surgió de un proceso quinquenal de acumulación de experiencias y palabras viajeras. Tanto voluntarias como involuntarias. Pero a diferencia de las palabras anteriores, que viajaban a la velocidad de los veleros, estas últimas palabras inglesas estaban propulsadas por tecnologías más complejas: mecánicas y electrónicas.
Las palabras inglesas habían intentado irrumpir en nuestra isla desde el siglo XVI. También aquellas llegaron a la velocidad de los veleros. La invasión de Drake en 1595 fue repelida por nuestrxs propixs criollxs en el islote de San Juan. Una fuerza mayor volvió a intentarlo en 1797, pero también fue frustrada por nuestras milicias. Menos conocida es la victoria en 1702 del capitán Correa y su pequeña guarnición en la ciudad costera de Arecibo. Su victoria se convirtió en leyenda, y las leyendas en canciones. Correa era un criollo y un auténtico puertorriqueño; lxs que tenemos una herencia mixta arawak, africana y española. Por eso nuestra lengua también refleja nuestra herencia genética. Él y su milicia de voluntarixs derrotaron a una fuerza expedicionaria inglesa en la orilla de la playa, cargando contra ellxs a caballo mientras recargaban sus mosquetes. Sus soldados campesinxs, armados sólo con machetes, destrozaron a una fuerza mucho mayor. Nuestras canciones relatan una escena de arena blanca de Arecibo teñida de rojo sangre. Pero donde lxs inglesxs fracasaron, sus primxs, lxs angloamericanxs, triunfaron. Estados Unidos invadió nuestra isla en 1897. Su ristra de inglesxs llegó a nuestras costas suroccidentales a la velocidad de los barcos de vapor y, más tarde, de los electrones impulsados a través de las líneas telegráficas. Se intentó hacer del inglés estadounidense la lengua dominante, pero no se consiguió. Sin embargo, sus palabras se incorporaron torpemente a la estructura orgánica de nuestro idioma. A diferencia de la ocupación física, el aspecto lingüístico no se impuso por la fuerza de las armas y los mandatos federales, pero sí triunfó en el siglo siguiente de forma viral, o como un meme; empezando por la radio, luego la televisión y más tarde los medios electrónicos.
La televisión ya era común en la isla cuando yo nací. A juzgar por una foto familiar, me atrevería a decir que los televisores eran habituales desde finales de los años sesenta. En la foto, la abuela está de pie delante de un televisor de mueble, rodeada de toda su familia, todxs de clase trabajadora. Tenía más o menos la misma edad que yo. Pero fue mi generación de puertorriqueñxs la que tuvo acceso a la tecnología en su estado maduro. A principios de los noventa, las pantallas CRT a color eran omnipresentes. Eso fue más o menos cuando se abrió el primer Sam's Club en la isla. No asistimos a la gran inauguración, pero fuimos lo suficientemente pronto como para que las pancartas de celebración aún estuvieran colgadas. Todas eran de un tono de azul un par de grados más claro que el que llamamos sardónicamente «azul real» de la bandera estadounidense. Sin embargo, de alguna manera encarnaba la misma autoridad, en la forma en que los colores también pueden ser memes. Era la primera vez que entraba en un almacén, y tenía una lógica fría y militar; la lógica de las mercancías como objetos optimizados para viajar y desplegarse en el extranjero. Había una sutil violencia en su organización y, si te fijabas bien, podías ver que los palés estaban codificados por colores.
Vista de exposición, Futuros Itinerantes, 2024
La sección de electrónica tenía dos pasillos dedicados exclusivamente a los televisores. Los televisores se alineaban a ambos lados de cada pasillo, reflejándose unos a otros en una disposición ascendente por tamaño, que culminaba con las enormes pantallas de retroproyección de suelo. Estaban organizados por marcas y, en consecuencia, mostraban la misma película, comedia familiar, documental o vídeo musical imperfectamente sincronizados. El pasillo encarnaba el triunfante zeitgeist estadounidense tras la caída de la Unión Soviética, asaltándome por ambos lados en una alucinación mediática que viajaba a la velocidad de los fotones. El flujo inconexo de imágenes parecía un mantra electrónico hipnótico. Más allá del pasillo de las pantallas, había una sala de estar escenificada. Bajo un sofá amarillo pastel claro se extendía una alfombra beige rosácea que recordaba extrañamente a la piel humana. Junto al sofá, un gran jarrón blanco adornado con pinceladas turquesas sostenía una planta tan verde y plástica que casi irradiaba luz.
El sofá estaba frente a un completo centro de entretenimiento, con el televisor de retroproyección Sony más grande y caro, flanqueado por dos altísimos altavoces Dolby Surround Sound. Su disposición me vendría a la mente muchos años después, cuando miré una imagen de Google del diagrama de los dos pilares de entrada al Templo de Salomón. Era una representación virtual de la idealizada sala de estar estadounidense, y un trofeo para quienes aspiraban a vivir como los de alta cuna en el Núcleo Imperial. El televisor emitía el final de Terminator 2: El Juicio Final, justo en la escena en la que la máquina hecha a imagen y semejanza del hombre, el T-100, agarra una cadena y desciende hasta un horno. A mi lado había un hombre vestido con un traje de mecánico azul oscuro y sucio. Su respiración era entrecortada, y me di cuenta de que estaba conteniendo las lágrimas mientras el T-100 le daba a Sarah Connor el visto bueno con el pulgar hacia arriba mientras el metal fundido engullía su cuerpo, todo ello mientras sus últimas palabras se transcribían en unos subtítulos en español torpemente amarillos y brillantes.
A mediados de los noventa, la televisión por cable era habitual en los hogares de clase trabajadora, o al menos, fue entonces cuando tuvimos la versión más básica de la misma. Para entonces, nos habíamos mudado más cerca del área metropolitana debido al nuevo trabajo de mamá como maestra de escuela. Dejamos nuestro pequeño hogar junto a la selva por una casa de concreto rodeada de casas casi idénticas en una vasta urbanización construida por la compañía inmobiliaria Levitt & Sons. La urbanización era un paisaje manufacturado que nos imponía el paradigma suburbano estadounidense de posguerra. Las casas eran más pequeñas y simplificadas, una versión inferior de sus homólogas continentales pero suficiente para los súbditos coloniales. La lógica estandarizada de su construcción de concreto fundido me recordaba a las bandejas de metal estampado del comedor de mi colegio público. El concreto irradiaba el calor solar del verano caribeño, y las plantas del exterior necesitaban ser regadas con una frecuencia anormal para una zona excavada en medio de la selva tropical. Yo me encargué de hacerlo, luego nuestra vecina divorciada, que a menudo volaba a Nueva York, me vio hacerlo, y me pagó siete dólares enteros por cuidar de sus plantas mientras ella estaba fuera una semana. Los viajes de vacaciones a la costa sur se redujeron porque teníamos que pagar la nueva casa, y aunque viajábamos de vuelta a la selva para ver a la abuela casi todos los fines de semana, los días laborables del verano eran solitarios, largos y tediosos. El baloncesto reinaba entre la mayoría de los niños, pero a mí siempre me interesó poco, y nadie más parecía compartir mi fascinación por los aviones soviéticos. Seguía siendo mi propio mundo secreto; y un idioma que nadie parecía hablar.
Detalle de Viajero (Traveler), 2024.
Sin embargo, estaba el flamante televisor Sony Trinitron que papá compró, casualmente en el mismo Sam's Club. Me abrió un mundo de programas de televisión por cable básico, todos hablados en un idioma que no entendía. Sin embargo, fue delante de esa misma pantalla donde empecé a comprenderlo, absorbiéndolo a través de algún tipo de proceso memorístico transmitido electrónicamente. Este método resultó ser mucho más eficaz que las clases de inglés a las que asistía en la escuela. Me atrevería a decir que las alucinaciones electrónicas que ofrecían las mercancías de aquella época dorada del neoliberalismo conquistaron los corazones y las mentes de un vasto segmento de mi generación.
Pronto los nombres de los personajes de las comedias de situación se convirtieron en adverbios en el patio de la escuela, los verbos ingleses en adjetivos y muchos, muchos sustantivos en nuevos sustantivos puertorriqueñizados. Así, cuando un amigo hacía alguna tontería en el patio de la escuela, decías: «te quedo bien urkle» o «eso fue muy Urkle de tu parte», del personaje de comedia Steve Urkel. Y cuando el balón de baloncesto entraba en la canasta, los niños gritaban «¡raikeaooo!», una versión infantil destilada de «clasificado». Más tarde, en el instituto, con la chica a la que llevé a mi primera cita para ver Crueles intenciones, no fumé mi primer cigarrillo; fumé un «gare», derivado de cigarrillo. Muchas palabras, como esta última, han quedado tan ancladas en mi mente que, de algún modo, han llegado a sustituir a su ideal platónico, superando tanto a cigarrillo como a cigarrito.
Así, la vertiente estadounidense del inglés se entrelazó con nuestra lengua en un ejercicio de bricolaje de apropiación y modificación, descendiendo sobre nosotros como un espejo-reflejo falso pero consensuado del paisaje suburbano impuesto en el que me encontraba viviendo. El antaño ideal paisaje estadounidense de posguerra, elaborado en mesas de reuniones con palabras inglesas escritas por mentes angloamericanas, se superpuso a la torre de nuestro idioma. Este proceso de asimilación fue tan eficaz que, en retrospectiva, me pregunto por qué no se intentó durante la segunda invasión de Iraq.
Por eso, para mí, somos un pueblo entre lugares y lenguas, entendiendo ambos como componentes equidistantes de un mismo metaobjeto, habitando una patria en flujo. Nuestra diáspora, nuestra emigración a Estados Unidos, se convirtió en una marca importante de nuestra historia inmediatamente después de la posguerra. Nuestras primeras oleadas de viajeros se dirigieron a Niu Yol o Nuevayore (Nueva York) para trabajar como obreros, conserjes y empleados domésticos. De este modo, forjamos nuevos emplazamientos en esa ciudad y erigimos una estructura vertical del lenguaje similar a la que dejamos en la isla en forma de spanglish. Y en las décadas siguientes, a medida que nuestro idioma y nuestra patria se asimilaban, absorbiendo el metapaisaje, o meta/paisaje, de nuestros supervisores, e inundados de sus mercancías y riquezas inventadas, nos convencimos de que para ser algo había que hacerlo en EE.UU. y, aunque no lo admitiéramos ante nosotros mismos, convertirnos en uno de ellos. Ya no necesitábamos ser siervos y soldados; ahora podíamos obtener un título de una institución estadounidense de nombre largo y solemne. Y aunque tú tampoco te lo admitas, te convenciste, como muchos de los tuyos, de que haciéndolo te convertirías en algo mejor. Pero toda la ambición, el anhelo y los sentimientos de inutilidad que te impulsaron a convertirte en viajero eran falsos, una ficción escrita por las mismas mentes angloamericanas allá cuando todavía era posible pensar en el capitalismo como un experimento exitoso.
Así es como y por qué me encontré en «tu» nación moribunda, caminando sobre «tu» desierto del suroeste, y escribiendo en tu lengua, que a estas alturas se ha convertido en mi nación falsificada, mientras vivo mi diáspora autoimpuesta, más cerca de mis primos lejanos al sur de la frontera que levantaron una torre de lenguaje con componentes similares pero una configuración diferente. Y he estado trayendo plantas de mi selva tropical en contra de nuestras leyes de embarque. Cuando las consecuencias de nuestras enfermizas ambiciones sigan calentando nuestros pinares del norte, retrasando nuestras nevadas, y cuando las lluvias torrenciales inunden nuestras ciudades del norte, mis plantas se propagarán, y la tierra que tomaron se convertirá en una selva tropical. Así, impondré mi paisaje, mis trópicos y luego mi lengua en «nuestra» tierra. Ya no habrá norte ni sur, sólo innumerables ecuadores rodeando el globo.”
Texto por Manuel Alejandro Rodríguez-Delgado