Semana 521_1 We, Earthbound

We, Earthbound

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Tania Candiani, For the Animals, 2020

 

El desierto de Sonora se convierte en una fuente sonora en For the Animals (2020) de Tania Candiani, una obra que forma parte tanto de la colección de KADIST como del índice de MA21. El vídeo de tres canales propone una ecología ampliada en la que los seres humanos, los animales, las formaciones geológicas y las tecnologías coexisten en un mundo acústico que trasciende el antropocentrismo y las fronteras políticas. Tras investigar cómo los animales escuchan más allá del espectro de la percepción humana, Candiani colaboró con músicos electrónicos para crear partituras musicales experimentales —o canciones de cuna— para especies autóctonas de la región desértica, entre ellas el gato montés, el lobo gris, el jabalí, el coyote, el zorro rojo y el jaguar. Cada partitura está adaptada al rango de frecuencias específico del animal al que va dirigida.

For the Animals sirvió de punto de partida para esta exposición, cuyo título se inspira en el llamamiento de Bruno Latour a reorientarnos como terrestres, es decir, entrelazadxs con los numerosos y frágiles sistemas de relación de la Tierra. Latour escribe: “Quizá sea hora… de dejar de hablar de humanos y referirnos en su lugar a lxs terrestres (lxs “vinculados a la Tierra”), insistiendo así en el humus y, sí, en el compost incluido en la etimología de la palabra “humano”… Decir “Somos vinculadxs a la Tierra, somos terrestres entre terrestres” no conduce a la misma política que decir “Somos humanos en la naturaleza”. Las dos cosas no están hechas del mismo paño —o, mejor dicho, del mismo barro”.

Ante una catástrofe ecológica abrumadora, ¿qué significa crear obras de arte para un público no humano? ¿O formas de percepción que trasciendan la visión y el lenguaje humanos? Las obras aquí reunidas se preguntan cómo la escucha, la sintonía, el movimiento y la frecuencia pueden convertirse en formas de reconocer formas de vida y agencia que permanecen en gran medida imperceptibles dentro de los marcos centrados en el ser humano.

 
 

El filósofo Timothy Morton utiliza el concepto hiperobjetos para describir entidades tan distribuidas a lo largo del tiempo y el espacio (como el clima, la biosfera o el propio sonido) que solo pueden percibirse a través de efectos parciales y localizados, en lugar de una representación directa. La obra de Candiani se desarrolla en esas condiciones al basar la escucha en fuerzas ecológicas demasiado vastas para ser comprendidas en su totalidad, pero que se hacen perceptibles a través de un encuentro encarnado con una formación rocosa que resuena como un altavoz, o una frecuencia sintonizada con el rango auditivo de un animal. Remontándose al origen del sonido en la geofonía —los ruidos primordiales del viento, la lluvia y las formaciones geológicas—, Candiani sitúa las tensiones ecológicas y políticas actuales en el tiempo planetario profundo, donde las fronteras y las migraciones interrumpidas aparecen como imposiciones recientes sobre patrones de movimiento mucho más antiguos.

Desde este umbral acústico, la exposición se expande hacia una constelación de prácticas especulativas que utilizan la vibración, el sonido y el movimiento para modelar formas encarnadas de empatía. En Acoustic Ocean (2018), Ursula Biemann también explora el terreno de la ecología acústica, donde las vibraciones sónicas de las profundidades marinas se convierten en modos de comunicación y navegación en el universo líquido penumbral. Rewilding (2018), de Gary-Ross Pastrana, rastrea ciclos de retroalimentación inesperados entre colonias de termitas, sistemas musicales e infraestructuras coloniales. Grabador Fantasma (2018), de Adrián Balseca, documenta un dispositivo de escucha construido colectivamente en el territorio ancestral del pueblo sarayuku que recoge los sonidos producidos por diferentes organismos. Y en Looking at Listening: Insights from the Forest (2011), Ei Arakawa y Sergei Tcherepnin invitan a lxs visitantes a interactuar con objetos que producen sonido y a experimentar la escucha como un modo de relación cinético y potencialmente sinestésico.

 
 

A través del sonido, la escultura, el performance y el vídeo, las obras plantean que nuestra actual crisis ecológica es también una crisis de percepción, y que mediante prácticas como escuchar, bailar y caminar podríamos aprender a percibir y relacionarnos de otra manera. Joan Jonas dibuja, pinta, compone música y baila con los dobles digitales de especies no humanas en Moving Off the Land II (2019). Luce sus colores e imita sus movimientos como si quisiera fundirse con ellos, al igual que el grupo de bailarinxs de Lightning Dance (2018), de Cecilia Bengolea, se mueve al unísono con los ritmos naturales de los truenos, la lluvia y los graves de baja frecuencia de la música dancehall. Rahima Gambo deambula por la tierra roja de la Meseta Central de Burkina Faso, donde unas líneas de deambular esculturales actúan como herramientas de navegación que sintonizan su cuerpo con las aves, el ganado, el viento y la luz del sol, y la práctica diaria de Yuji Agematsu de recoger basura en los alrededores de la ciudad de Nueva York enmarca la atención sostenida en sí misma como una forma de ecología.

Otras obras recurren a formas especulativas y míticas de comunicación como estrategias de resistencia ecológica y política. La oficina de investigación artística colectiva e independiente Interspecifics, por ejemplo, ha tratado de establecer un diálogo con formas de vida bacterianas, imaginando canales de intercambio que existen más allá del lenguaje humano. La mitología indígena, la música punk y los paisajes sonoros de los humedales convergen como un hechizo contra la militarización ecológica en La Cabeza Mató a Todos (2014), de Beatriz Santiago Muñoz. En el tiempo dilatado de DROPSPIKE (2021), de Leticia Ramos, unas esferas luminosas anuncian el inminente fin de la humanidad, mientras que en The Lonely Age (2019), de Connie Zheng, unas semillas sensibles circulan como frágiles rumores de esperanza en un futuro cercano, tóxico y capitalista.

 
 

Con el acelerado colapso ecológico, las economías extractivas y los imaginarios políticos fracturados como telón de fondo, las obras evidencían las implicaciones éticas de cómo los seres humanos escuchan, colaboran e imaginan otras formas de vida. Nos invitan a prestar atención a los rastros de los hiperobjetos que nos rodean y a imaginar prácticas de cuidado y coexistencia en un mundo que nos trasciende.

Texto por lxs curadorxs

Doreen Ríos

Curadora, investigadora y docente especializada en cultura digital.

https://doreenrios.com
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